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Que la energía es imprescindible es algo que nadie puede poner en duda. Pero, quizás, como ciudadanos, somos poco conscientes del incalculable valor que tienen los recursos que, convertidos en electricidad, calor o combustible, hacen más fácil y confortable nuestra vida cotidiana y son la llave para que nuestras industrias y empresas progresen, o que exista esa asombrosa capacidad de transportar personas y mercancías. En definitiva, que sea posible la sociedad del bienestar
Lástima que algo tan esencial no se encuentre en la naturaleza en todas sus formas en cantidades ilimitadas y, por qué no anhelarlo, su utilización fuera inocua. Pero la realidad es tozuda: a la vez que la energía es un elemento clave en el desarrollo económico y social, su uso produce una continua agresión al medio ambiente, constituye la principal injerencia humana en el sistema climático y provoca el consumo acelerado de unos recursos finitos
El consumo de las energías de origen fósil plantea grandes problemas: agotamiento de reservas, dependencia energética, dificultad de abastecimiento y contaminación ambiental.
Frente a las fuentes convencionales, las energías renovables son recursos limpios e inagotables que nos proporciona la naturaleza, con un reducido impacto ambiental. Las energías renovables, además, por su carácter autóctono, contribuyen a disminuir la dependencia de nuestro país de los suministros externos, aportan estabilidad y diversificación al abastecimiento energético y favorecen el desarrollo tecnológico y la creación de empleo.
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